YO MORIRÉ EN LISBOA…(Una bonita historia de amor y mierda basada en hechos reales)

PRIMERO FUE ”LA DESAFORTUNADA VIDA DE FRANCISCO NALGAPOCHA (UNA HISTORIA DE MIERDA)” DESPUES “LA ESCALA DE HECES DE BRISTOL, MENUDA MIERDA…” Y AHORA PARA TERMINAR LA TRILOGIA Y DE PASO CELEBRAR EL 4º ANIVERSARIO DE LASANDALIADELPESCADOR ME COMPLACE PRESENTAR “YO MORIRÉ EN LISBOA (UNA BONITA HISTORIA DE AMOR Y MIERDA)

Yo moriré en Lisboa, en el confín del mundo, por calles que Pessoa aclimató a su rumbo. Y me verán temblando, con música de fado, y esa tristeza boba de ciego enamorado…

   – Espera, espera un momento…Pessoa, música de fado? Pero que mierda es esto? no iras a soltar un truño culto de esos que tanto te gustan y que no interesan a nadie, verdad?
– Pues no, no era esa mi intención, pero si no me interrumpes estaba a punto de contar mi alucinante viaje a Lisboa en la Semana Santa de 1999.
– Ah, aquel en el que casi te cagas encima en medio de la Plaça do Comercio?
– Correcto, ese mismo.
– Vale, puedes continuar, ibas por eso de no sé qué movida de ciego enamorado…

Oh Portugal por que te quiero tanto, por qué, por qué se maravilla quién te ve… Cartel anunciador
Hacía tiempo que me merecía unas vacaciones como dios manda en un bonito lugar donde descansar, poder contemplar monumentos históricos y comer bacalao hasta la hartura. Sabias que en Portugal se vanaglorian de tener tantas recetas de bacalao como días hay en el año? Si amigos, los portugueses son capaces de comer bacalao con recetas diferentes durante 365 días seguidos, que digo yo que si no les apetecerá comer algo distinto…y lo que es peor, cómo les debe oler la boca? Si me obligan a comer bacalao dos días seguidos, elijo la muerte.
Al pasar por delante de un escaparate de una agencia de viajes un cartel llamó poderosamente mi atención ”Semana Santa en Lisboa” se podía leer sobre la imagen de una mujer con abundante bello facial vestida con un traje típico portugués. No se me había ocurrido este destino porque en un principio pensaba en un lugar tipo Matapolculo de Liébana, Minglanilla, o Mesopotamia (yo siempre he sido mucho de Mesopotamia) pero ahora lo tenía meridianamente claro, mis vacaciones serían en Lisboa, además, para que negarlo, estaba tirado de precio.
Menudo Planazo: viaje en autobús con mi novia y unos amigos para pasar cuatro días de ensueño en la maravillosa y cosmopolita capital lusa…
Miércoles 31 de Marzo de 1999 21:00 horas. Allí estábamos esperando al autobús cargados de ilusión y de maletas. Llegó un poco tarde, pero el ánimo nos cegaba, que más nos daba salir un poco más tarde de la hora convenida. Una vez depositados nuestros bultos en el maletero, por fin subimos al autobús. Nos acomodamos en aquel auto pullman de lujo y no dispusimos a comenzar unas vacaciones que no olvidaría jamás.
Después de más de dos horas recogiendo gente de los lugares más recónditos de la geografía asturiana, el autobús puso rumbo a Portugal. Ya era noche cerrada cuando para nuestro regocijo el señor conductor de primera tuvo a bien ponernos una película de vídeo. Qué bien, pensé para mis adentros, así viendo una película me distraeré un poco, me entrará el sueño y el viaje se me hará más corto. Es legendaria mi incapacidad para dormirme en un bus, lo juro.
La cosa, al principio, no comenzó bien del todo cuando nos pusieron en el vídeo una puta película, grabada de la tele un sábado por la tarde, de esas de vaqueros rancios del año catapún al alto la lleva que no le interesaba ni a José Luís Garci. Esto lo digo porque José Luis iba sentado en los asientos de atrás, por lo de fumar y eso, e iba el tío roncando con la película de los cojones que le llamaron la atención y todo al muy cabrón. (Este dato no está contrastado pero que conste que había un señor muy parecido. Si no era JoseLuisGarci que baje dios y lo vea). La peli iba de un vaquero muy bueno y muy guapo al que por alguna razón, que por razones obvias no recuerdo, una banda de tunantes le querían buscar la ruina. Al final el vaquero guapo mata a todos los malos y se queda con una putilla del saloon. El argumento, para que negarlo, era una puta mierda y los actores no los conocía ni su padre. Que tiempos aquellos cuando ibas de excursión y te ponían “Los albóndigas en remojo”, “Golpe en la pequeña china” o “Howard el pato” esas si eran películas con calidad coño.
Cerca de la 1:00 de la madrugada por fin terminó la película y se hizo el silencio. Polvo, sol, fatiga y hambre, por los campos de Casilla el autobús cabalga. Atravesamos la frontera con Portugal como furtivos, nadie nos paró ni nos revisó el equipaje ni nada. Desesperadas horas después hicimos la primera parada para hacer pis y lo otro. Ya quedaba poco para llegar a nuestro destino.
Jueves 1 de Abril de 1999 9:00am
Sobre las 9:00h arribamos al Hotel, nos inscribimos, dejamos las maletas en un lugar seguro y nos fuimos a dar una vuelta por las inmediaciones. No es que estuviéramos ansiosos de explorar el territorio, simplemente es que la habitación no nos la daban hasta pasadas las 12:00.
Después de instalarnos y descansar un poco, salimos a conocer la ciudad. Aquel día visitamos el Castelo de San Jorge y paseamos por la zona antigua de la ciudad. Pasamos casi todo el día fuera. Al regresar al hotel fuimos testigos de un acontecimiento memorable. Recordemos que aquella época estábamos en Semana Santa y por lo tanto época de Procesiones. Al atardecer, cerca del hotel cuando regresábamos comenzamos a escuchar un murmullo que se hacia cada vez más evidente, pronto se hizo ensordecedor. Por un lado de la calzada venía una furgoneta blanca marca Ebro, hasta ahí todo era normal, pero cuando la furgoneta pasó por delante nuestra pudimos comprobar FRAGUNETAasombrados que llevaba una gran cruz de madera, de varios metros de largo, atada a una de las puertas traseras, y más sorprendente aún, si cabe, era la caterva de beatos/as, de luto riguroso portando cirios, que seguían la furgoneta como si fuera el santo sepulcro motorizado. También iba un curilla presidiendo la procesión, que a decir verdad era el único que parecía medio normal…bueno, no. Como iba diciendo, ahí estaba yo perplejo viendo aquel cuadro de un montón de peña, todos vestidos de negro, persiguiendo una furgoneta con una cruz y repitiendo aquella salmodia hasta la saciedad “Oh Deus, eu estou tão feliz quando você me der a sua dor, agora me dê o seu amor também …” Más tarde me enteré que cantaban traducido al castellano “Oh dios, soy tan feliz cuando me das tu dolor, ahora dame también tu amor…”
Me fui a la habitación con cierto desasosiego y perplejidad, quién me iba a decir a mi que iba a contemplar semejante espectáculo. Aquella noche dormí a pierna suelta, no había pasado ni un día y la cosa prometía.
Viernes 2 de Abril de 1999 10:00am
Por la mañana cuando desperté seguía con la imagen de la furgoneta/pasodesemanasanta en mi mente. Es una verdadera lástima no guardar un documento gráfico de tan hondo espectáculo místico.
Después de desayunar de manera abundante salimos del hotel, hoy nos tocaba visita el barrio de Belem. Un bonito lugar a orillas de rio Tajo con unos cuantos de monumentos molones, a saber: la torre de Belem -como su propio nombre indica- , el monasterio de los Jerónimos o el monumento de los descubridores. Pero sin duda alguna, lo que más me gusto ese día fue descubrir la existencia de unos pequeños pasteles de crema conocidos como “pasteis de Belem”- como su propio nombre indica-. Pues si amigos, en ese momento la idea que yo tenía de Portugal y su gastronomía cambió para mi de una manera exponencial, que no se que significa pero suena muy culto. Pues eso, que cuando probé el primero de esos malditos dulces no me quedó más remedio que comer otro, y otro y luego otro más.
Después volvimos al centro de Lisboa montados en tranvía -es como el tren de la bruja pero sin que te den escobazos- si te digo la verdad de eso ni me acuerdo porque en aquel momento solo podía pensar en una cosa, bueno en lo de siempre y en más pasteles. No se cuantos comí aquel día pero seguro que la cantidad pasó a los anales de la historia de los comedores de pasteles.
Ya era de noche cuando regresamos al hotel después de una cena en un McDonalds mientras veíamos en una pantalla gigante un apasionante encuentro de fútbol entre el Futebol Clube Paços de Ferreira y el Gil Vicente Futebol Clube, menudo partidazo!!!
Aquella noche soñé con una furgoneta Ebro llena de pasteles de crema y en un montón de beatas macizas desnudas que me perseguían para quitarme los pasteles y darme lo mio y lo de mi prima. Nunca entendí aquel sueño, pero por lo menos me eché unas risas o eso creo.
Sábado 3 de Abril de 1999 12:00am
Nos levantamos tarde, incluso nos dio tiempo a retozar un rato, total, no teníamos prisa y el día anterior había sido agotador. Después de la ducha reparadora y vestirnos bajamos a desayunar. Aquella mañana tomé un frugal almuerzo compuesto por todo lo que había, dos veces. Después de ingerir en el bufet libre todo lo que un ser humano en plenas facultades mentales es capaz, sin morir en el intento, nos dispusimos a marcharnos. Cuando estábamos a punto de abandonar el comedor observé que habían repuesto la bandeja de pasteis de Belem que no había visto antes. Los muy cabrones me observaban y parecían decirme – cómeme, cómeme- por un momento me creí Alicia en el país de las maravillas. No podía evitarlo, era como una droga, tenía pasteles corriendo por mis venas y no los podía desperdiciar, así que volví sobre mis pasos y caí de nuevo en la tentación. No recuerdo cuantos pasteles me metí entre pecho y espalda, pero fijo que docena y media cuando menos, no podía ser de otra manera, además aquellos eran gratis.
Al rato salimos del hotel, hoy nos dedicaríamos a visitar el centro de Lisboa. Teníamos pensado cenar en un restaurante con una estrella michelín y todo. Salimos del metro y enfilamos la calle comercial. Me llamó mucho la atención todos aquellos músicos callejeros. Si, eran rumanos tocando el acordeón. ¿Te has dado cuenta lo que alegra la música de acordeón? A mi me trae nostalgia de tiempos pretéritos. ¿Quién no recuerda a Miliki, Mº Jesús y su acordeón, incluso Chanquete el pícaro marinero?. Recordarlo y ponerme a llorar es todo uno…Pues bien, resulta que la calle, digamos que principal de Lisboa, estaba llena de rumanos tocando alegres melodías de ayer y de hoy con sus relucientes acordeones. Todos estrategicamente situados con la separación adecuada para no pisarse el sonido unos a otros. Es como si los hubieran colocado desde una furgoneta de esas que ponen los pivotes en la carretera cuando van a pintar las lineas. Te imaginas que por la mañana temprano pasase una furgoneta y un operario del ayuntamiento fuera poniendo a cada rumano en su sitio sin que la furgoneta parase la marcha? Como iba diciendo, estaban todos colocados a una distancia adecuada para que en ningún momento se mezclara el sonido del acordeón de un fulano con el anterior ni con el posterior. Era una especie de hilo musical en la calle, no había ni un breve silencio. No quiero que se me malinterprete, no tengo nada contra los músicos callejeros ni contra los rumanos, sin ir más lejos los músicos callejeros me gustan tanto o más que Fil Colins. Yo sería feliz si un día me encuentro a Fil Colins tocando en la calle, creo que podía morirme tranquilo, eso si, le echaría primero unas monedas y luego le daría tal somanta de palos que le iba yo a quitar las ganas de vivir y de tocar más en la calle. Pero eso es otra historia.los pasteles de la muerte
Después de un agradable paseo por la zona, subido al Elevador de Santa Justa Klan y mirado los escaparates de las tiendas por la Rua Augusta, nombre que recibe la famosa calle lisboeta, nos dirigimos al arco de entrada a la Plaça do Comercio. Pasaban unos minutos de las 17:00 hora zulú y algo parecía no ir bien, algo iba a suceder, lo presentía. Se estaba fraguando la tragedia.
La situación era desesperada, reconozco que los pasteles de crema de Belem están muy ricos, pero son altamente perniciosos para la salud .Sábado santo, media tarde en una popular plaza de Lisboa y los jodidos pasteles de Belem querían salir a toda costa. Es una ley física basica: todo lo que entra sale. Aceleramos el paso para encontrar algún sitio donde poder aliviarme y aliviar así de paso a mis acompañantes victimas de mi mal humor asociado a mi tormenta estomacal.
No había ningún establecimiento cerca donde poder evacuar, porque el lugar donde nos encontrábamos estaba rodeado por edificios administrativos y museos que por ser festivo permanecían cerrados. La tesitura no planteaba perspectivas halagüeñas, y la posibilidad de hacer caca en la plaza del ayuntamiento comenzaba a tomar forma en mi cabeza, pero la simple idea de ser sorprendido por un policía municipal de la ciudad lisboeta me sobrecogía. Ya me veía siendo deportado de Portugal por marrano y lo que es peor, cómo le contaba yo a un juez que estaba cagando en la calle por necesidad. Lo mismo se creía su señoría que era un depravado o un degenerado o ambas cosas a la vez. ¿Qué pensaría mi madre cuando saliera en el telediario esposado con las manos en la espalda y con los pantalones y calzoncillos por los tobillos? No podía permitir que sucediera esto. Tenía que tomar una decisión y debía hacerlo pronto. Respiré hondo, me armé de valor y me tranquilicé. Pregunté a mis acompañantes si llevaban el móvil (Alcatel one touch easy, lo juro) y concretamos un lugar de reunión por si nos perdíamos. La estatua ecuestre que hay en medio de la plaça do Comercio parecía el lugar más adecuado, sino ya nos veríamos en el hotel más tarde. Dicho esto solo me quedaba echar a correr rezando que por casualidad encontrará un bar o cafetería abierta para cagar. Aquel día corrí como no lo había hecho nunca antes, corrí como Dennis Quaid en “Muerto al llegar”; corrí como Forest Gum, corrí por mi vida, corrí por mi y por todos aquellos que alguna vez se han cagado encima o han cagado en un portal aunque ahora lo nieguen. Después de correr como si no hubiera mañana por fin vi aquel establecimiento hostelero, por llamarlo de alguna manera. Semejante antro tenía aspecto de haber pasado por épocas mejores. Tenía una especie de terraza con dos mesas. Una estaba vacía, la otra estaba ocupada por una vieja entrada en carnes con una falda de tubo negra y una camiseta de rayas rojas y blancas horizontales, la típica prostituta que aparece en las películas de marineros acompañado por un señor enjuto con bigote y un aspecto sumamente desagradable que bebía vinho verde do gatao hasta perder el sentido. Entré en el bar como alma que lleva el diablo, me dirigí educadamente al camarero para pedir una consumición. No me gusta ser descortés y si voy a utilizar el baño por lo menos tendré que tomar algo, digo yo. Una vez pedida la consumición, que por razones obvias no recuerdo (supongo que conociendo mi categoría pedí un Manjatan o un cosmopolitan o no mejor, un dry martini agitado no revuelto) vi un letrero con una flecha que indicaba hacia la toalete (váter en portugués) un piso más abajo. Bajé las escaleras de cuatro en cuatro, me adentré en aquel retrete de reducidas dimensiones y con puerta plegable de corredera para economizar espacio y por si faltaba algo, no tenía pestillo. A mi ya todo me daba igual. Sujete la puerta con una mano por si por mala fortuna algún infeliz, la abriera y encontrara la muerte. Me puse de cuclillas y pegue la cagada de mi vida. Aquel infausto día el Tajo aumentó su volumen varios metros.
Mientras deponía abundantemente, por que negarlo, por un momento fui consciente de que parte de mi se estaba quedando en la capital lusa y que para siempre estaríamos unidos por un lazo invisible, algo místico. En aquel preciso instante recordé el estudio del Dr. Duncan MacDougall quien al comienzo del siglo XX había realizado una serie de experimentos para probar la pérdida de peso provocada supuestamente por la partida del alma del cuerpo al morir. Estudio en el que se basó Alejandro González Iñárritu para el argumento de su película “21 gramos” . Yo en aquella ocasión no morí, o eso creo, pero de lo que si estoy seguro es que perdí algo más de 21 gramos.
Salí de aquel baño como una nueva persona, había estado en los umbrales de la muerte, toda mi vida pasó en un instante ante mis ojos; mi primer viaje, mis primeros aplausos, mi primer trabajo que duro fue, mi primera amiga, mi primera canción, mi primera colonia…Subí las escaleras, aún me temblaban las piernas, me dirigí al camarero pagué la consumición que no tomé y salí a la calle. Allí me esperaban mis amigos//as. Caminamos en silencio durante un rato, yo no me atrevía a decir nada después del mal rato que había pasado y realmente parecían enfadados. Al cabo de un rato ya estábamos de vuelta en la plaça do Comercio junto a la estatua ecuestre de José I de Portugal (apodado el Reformador le llamaban a sí porque se dedicaba a la reforma de interiores o algo así, me lo explico un portugués pero entre que no le hice mucho caso y hablaba un poco raro…) No recuerdo que hora era, para romper el hielo les pregunté si todavía tenían ganas de ir a cenar al restaurante de la estrella michelín. El sitio estaba bien, no había nadie, no se si por ser temprano o por que aquello era una taska perrera, lo cierto es que allí nos quedamos. yo la verdad es que tenía ganas nada más que de morirme, pero ya les había jodido la tarde y por lo menos que disfrutasen un poco de la cena, pobrecicos mios. Me hubiera gustado ponerme como el tenazas pero no pude comer más que pescado a la plancha y una infusión de limón por si acaso me entraban otra vez ganas de hacer de vientre.

Era tarde cuando salimos de cenar, por lo que decidimos volver en taxi para no tener que andar mucho hasta el metro. Caminamos hasta la parada más cercana y nos subimos al primer coche de la fila. Yo iba sentado cómodamente en el asiento trasero junto con las dos chicas, delante se sentó mi amigo el Yuti.
NOTA (Esta conversación se produjo en una mezcla de portugués, castellano y asturiano en un taxi en Lisboa cerca de la media noche. La traduzco totalmente al castellano para que gane en matices y esas mierdas…)
– Buenas noches, le dijimos educadamente al conductor negro como un tormento.TONTOLABA
– Buenas noches. contesto el baranda. ¿A dónde les llevo?
– Llevemos al Hotel da Porra.
– Muy bien, iremos por la Avenida da Liberdade hasta llegar a la glorieta de Marques de Pombal y de ahí a su hotel, será un momento.
– ¿De dónde son ustedes? Preguntó.
– Somos españoles, bueno más concretamente asturianos.
– Ah españoles, muy bien. Por si no lo saben yo viví en La Coruña.
– A mi que hostias me importa donde has vivido tu, tío pesado. Pensé para mi. Pero solo acerté a decir, ah si, pues que bien.
– Saben quien era el Marques de Pombal.
– No, contesté desde el asiento de atrás, pero seguro que nos lo vas a decir, ¿verdad?
– El Marques de Pombal era…
– No te digo el brasa.
– …Primer ministro del rey Jose I, se le considera una de las figuras más controvertidas y carismáticas de la historia portuguesa. Representante del despotismo ilustrado en Portugal en el siglo XVIII, vivió en un   período de la historia marcado por la ilustración, y desempeñó un papel fundamental en el acercamiento de Portugal a la realidad económica y social de los países del Norte de Europa, más dinámicos que Portugal. Inició con esa idea varias reformas administrativas, económicas y sociales. Acabó en la práctica con los autos de fe en Portugal y con la discriminación de los cristianos nuevos, a pesar de que no terminó oficialmente con la inquisición portuguesa, que se mantuvo en vigor de jure hasta 1821.
– No te jode el erudito de los cojones, para un taxista que sabe leer, nos tenía que tocar.
– Pues nosotros somos asturianos, terció el Yuti. Del norte de España justo al lado de Galicia.
– Ah Galicia, muy bien. Saben que yo viví en La Coruña?
Nadie contestó por no darle pie al cansino.
– Pues eso, dijo el Yuti, nosotros somos asturianos y falamos n´asturiano. La llama independentista se encendió en aquel coche…
– ¿Ustedes creen en dios? Nos espetó a bocajarro, pasando por completo del tema nacionalista.
– Esto, eeeeh, no se, no lo tengo muy claro. Contesté.
– ¿Y en Jesucristo?
La conversación se tornaba hacia unos derroteros un tanto extraños, que por que no decirlo me encantan.
– Pues para ser sincero, ni creo en dios, ni en Jesucristo ni en el espíritu santo ni en la madre que los parió.
– Somos asturianos, continuaba glayando Yuti
– Pues Jesucristo está en todas partes, continuó. Jesucristo está aquí, señalando un cenicero lleno de colillas. Jesucristo está acá y a continuación abrió y cerró la palanca del aire caliente, Jesucristo es como el aire (AH,AH,AH, es como el aire, AH,AH,AH pegado a ti). Si, Jesucristo está aquí también, está vez señalaba el cuenta kilometros.
Los tres contemplábamos atónitos a aquel taxista de color negro que nos daba la chapa con Jesucristo. A esas alturas nadie se atrevía ya a decir absolutamente nada, no fuera a ser que empezara a decir eso de “ You talkin’ to me? y nos sacara una pipa para atracarnos o cualquier otra cosa mala.
El fulano siguió contando sus movidas, yo hacía rato que no le hacía caso y me había puesto a meditar en lo sucedido aquella tarde. Me refiero a lo de cagar y eso.
El Yuti seguía en sus trece de convencer al fulano que eramos asturianos y él no se cansaba de decir que había vivido en la Coruña, imagino que compartiendo piso con su amigo Jesucristo.
Por fin llegamos a nuestro destino, pagamos la carrera y nos despedimos del fatigoso taxista. Aquella era la última noche en Lisboa, debíamos celebrarlo pero entre que teníamos que madrugar y que tenía el muelle un poco flojo, decidimos irnos para la habitación y por lo menos yo, olvidarme de aquel infausto día.
A la mañana siguiente nos levantamos al alba, después de la ducha recogimos el equipaje y a continuación bajamos a desayunar. Aquel fue el desayuno más triste de mi vida. Imagínate estar en el restaurante del hotel a la hora del desayuno con bufet libre y no poder tomar un desayuno normal a base de: café, tostadas, croasanes, zumo de naranja, beicón, empanada, morcilla de burgos, cochinillo, pan tumaca, campurrianas, sobaos pasiegos, casadiellas, morcón, yogur de pera y un largo etcetera, que triste, ¿verdad? Pues eso, me tuve que conformar con un té y una tostada de pan blanco por decir que metía algo en el estómago. A eso de las 8:00 hora zulú, nos subimos al autobús que nos había traído y abandonamos Lisboa con todo el dolor de mi corazón, desde entonces me consuela pensar que :”I left my soul in lisbon”.
El viaje de regreso fue lo normal, cintas de música perrera y películas que hacían merecer el Oscar a la de vaqueros que nos habían puesto a la ida. Al llegar a casa me senté en la cama apoyé la cabeza entre las manos y lloré, lloré amargamente pensando en lo frágiles que podemos llegar a ser. Por culpa de unos pocos pasteles, en realidad muchos, casi pierdo la honra haciendo caca frente al ayuntamiento de Lisboa y la honra amig@s mi@s es único bien más preciado que nos hace ser diferente a los demás. Puede que unos pasteles de crema te quiten la vida, pero jamás nos quitarán la dignidad…

Lo que en un principio debía ser un viaje de placer se convirtió en una gran cagada.
A día de hoy me consuela recordar que para bien o para mal, Jesucristo no está dentro de cada uno de nosotros, no; Jesucristo vive en un taxis en Lisboa.

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